«Las guerras del presente siglo, Carlos, no para precavernos contra las que puedan sobrevenir sino para curarnos de nuestro espíritu de aventuras y de nuestro loco orgullo debemos recordarlas. Salvo las que contra los franceses sostuvimos, ninguna fue merecedora de aplauso. Ninguna tuvo por fin emancipar pueblos ni abrir pasos que nos hubiese cerrado el egoísmo ni la barbarie. Me limito por ahora a las exteriores; de las civiles hablaré más tarde. ¿Tienes tú por nobles y justas ni la de África, ni la de Santo Domingo, ni la de Méjico, ni la del Pacífico, ni la de Cochinchina? La de África ya sabes que la provocó O'Donnell con ánimo de distraer la atención de los partidos que aquí le eran adversos. (...) A Santo Domingo tampoco ignoras que fuimos prestándonos a ser instrumento de uno de los partidos en que estaba dividida la República. (...) Pero mucho peor fue la causa de nuestra expedición á Méjico, que, como recordarás, emprendimos juntos con Inglaterra y Francia. Fuimos allí á defender los abusos y los latrocinios de una mal llamada Convención Española á que se había conferido el encargo de deslindar las deudas allí contraídas durante la guerra por la que Méjico sacudió nuestro yugo. ¿Pudo ser más pobre el origen de la guerra del Pacífico? La empezamos por no haber querido castigar el Perú á los agresores de unos compatricios nuestros que residían en Talambo. Ocupamos las Chinchas, no las devolvimos sino mediante una indemnización de tres millones de pesos, reavivamos antiguos odios y de cuestión en cuestión llegamos á que contra nosotros se coligasen el Perú, Chile, el Ecuador y Bolivia. A Cochinchina fuimos finalmente arrastrados por los franceses que so pretexto de vengar la muerte de unos misioneros se proponían agrandar sus dominios de Asia. No te hablo de las guerras de Joló, Balanguingui y Mindanao, porque, como tú mismo indicas, éstas no son más que afianzamientos de mal guardadas islas. (...) Vengamos á las guerras coloniales. La de 1896 no es la primera que ha ocurrido en el Archipiélago Filipino; es sí la que más claramente revela un espíritu hostil en los indígenas. No ha concluido aún: del rescoldo de la lucha sostenida en Cavite y los montes de San Mateo brotan frecuentemente chispas que amenazan reproducir el incendio. ¿De quién sino de nosotros la culpa? Nos hemos empeñado en tener aquellas islas bajo el poder de comunidades religiosas tan escasas en virtudes como abundantes en vicios que todo lo sacrifican á su ambición y su codicia. De la ignorancia del pueblo han vivido esas comunidades y en la ignorancia querrían eternamente conservarlo para que nunca amenguasen ni su autoridad ni sus rentas. (...) Ha nacido de aquí lo que no podía menos de nacer, el espíritu de insurrección, la guerra. Si nuestros políticos hubiesen sido más previsores y más prácticos ¿crees tú que no se la habría evitado? Hicimos allí algunas reformas; pero ninguna que atacase en su raíz el mal, ninguna que tendiese á dar expansión á los ánimos. (...) De la guerra de Cuba somos aún más culpables. Cuba está peleando más de medio siglo por su independencia. Arde en deseos de emanciparse de nosotros y cada vez que sucumbe nos tiene mayor odio. Del año 68 al 78 sostuvo una guerra que no pudimos acabar sino por un convenio. La reanudó el mismo año 78 y dio no poco que hacer á nuestras tropas. La renovó el año 95 con violento empuje y pudo resistir el de 200.000 soldados que contra ella dirigimos deseosos de ahogar la insurrección en su cuna. Sigue batallando á pesar de haber perdido jefes de la importancia de Martí y Maceo. ¿Qué no hemos ensayado para vencerla? Primero la blandura, después el terror y el exterminio. Nada hemos alcanzado. Así las cosas ¿qué aconsejaban la razón y la política? Evidentemente otro convenio. En vez de intentarlo como el año 78 con los insurrectos, sin contar ni con sus jefes militares ni con su gobierno les llevamos hechas importantes concesiones. Las han aceptado con fruición los pacíficos, no los rebeldes, y estamos como estábamos. Debimos ofrecer la autonomía á los que están en armas; si ni con ella estaban dispuestos á dejarlas, otorgarles la independencia. ¿Qué otro remedio quedaba viéndonos impotentes para concluir la guerra? Sostener la guerra indefinidamente ni nos lo permitían las fuerzas del Tesoro ni la salud del Reino ni era posible que lo consintieran las vecinas gentes; sufría el comercio de todas las naciones, principalmente el de los Estados Unidos. Conceder á Cuba la independencia ¿nos había de ser ni parecer indecoroso? Inglaterra la concedió á las mismas colonias que son hoy el núcleo de la república norteamericana; nosotros por no querer otorgarla á tiempo á las colonias que tuvimos de Méjico á Chile las perdimos todas sin compensación de ningún género y hasta con ignominia. (...) Contra la libertad de los pueblos no hay prescripción posible. (...) Cuba levantándose contra nosotros y reclamando su independencia está en su derecho. (...) De la guerra de Cuba hemos sacado la de los Estados Unidos; de la de Filipinas la inquietud y el temor de mayores males; de la de Cochinchina una indemnización pecuniaria mezquina y vergonzosa; de la de Santo Domingo el abandono de la isla, después de haber gastado 98 millones de pesetas; de la de Méjico, en que invertimos 17 millones, absolutamente nada; de la del Pacífico la pérdida del Covadonga y la retirada del Callao con los buques rotos, buques que se hubo de ir á reparar parte en Río Janeiro, parte en el archipiélago de Otahili; de la de África por fin una rectificación de límites, 20 millones de duros y un territorio en Santa Cruz la Pequeña para un establecimiento de pesquería. Todas estas injustas guerras ¿pueden servir, como antes te dije, más que de escarmiento? A guerras de esta índole debemos resueltamente cerrar la puerta. ¡Ojalá lo consigamos!». (Francisco Pi y Margall; Carta a Eusebio, 26 de abril de 1898)
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domingo, 24 de enero de 2021
viernes, 18 de octubre de 2019
Pi i Margall sobre las posesiones coloniales...
«Es injusta, Carlos, toda conquista; imprudente y peligrosa la de apartadas tierras. Debes conservarlas por la fuerza, regirlas por gobernadores más absolutos que los mismos reyes y por mucho que te esfuerces en que moderadamente se las trate no logras nunca sustraerlas a la expoliación ni a la tiranía.
Considerábase en América tan conquistador como Hernán Cortés el último soldado: las depredaciones y las crueldades no tuvieron límite. En vano la metrópoli dictaba con el fin de impedirlas una y otra pragmáticas: aquellos hombres rudos no las obedecían ni con ser católicos escuchaban la voz de sus prelados.
Creyóse que se podría contener el mal creando Audiencias revestidas de amplias funciones: no menos codiciosos y rapaces los magistrados que los conquistadores, agravaron el mal en vez de contenerlo. La toga hizo buena la espada.
¿Has visto que en algún tiempo haya cesado ese sistema de opresión y latrocinio? Ve los últimos gobernadores de Cuba, todos archimillonarios. Ve las turbas de funcionarios que allí han ido desnudos y hambrientos y han vuelto rebosando de oro. La inmoralidad ha llegado al punto de que los favorecidos con pingües empleos hayan debido compartir sus lucros con los favorecedores.
jueves, 10 de octubre de 2019
«Si somos verdaderos revolucionarios, no debernos alardear de tales»...
«No se trata ya de discutir en la prensa ni en la tribuna, sino en los campos de batalla, dicen algunos republicanos. Cansado estoy de repetir que no creo que por las vías legales pueda llegarse a la República. Por el Parlamento no se llega aquí ni siquiera a un mal cambio de Gabinete. No hay posibilidad de llegar por estos caminos a mudanza alguna, ínterin los gobiernos, para conseguir el triunfo de sus candidatos, no vacilen en recurrir a la coacción y la violencia. ¿Quiere decir esto que hayamos de fiar a la sola fuerza de las armas el triunfo de la República? Si así es, ¿por qué escribimos periódicos? ¿Por qué celebramos reuniones públicas? ¿Por qué nos asociarnos públicamente y no vacilamos en hablar bajo el receloso oído de los delegados del Gobierno? ¿Por qué hemos acudido hoy a las urnas v acudían antes los correligionarios de muchas ciudades para conseguir cargos concejiles y diputaciones de provincia? Si de la sola fuerza debemos esperar el poder, están vetados para nosotros todos estos medios de propaganda.
Si somos verdaderos revolucionarios, no debernos alardear de tales ni en casinos, ni en clubs, ni en lugares públicos. Debemos preparar las revoluciones en lugares donde no nos oigan ni nos vean nuestros enemigos. ¿Qué significa estar constantemente con la revolución en los labios y no en las manos? ¿Qué significa amenazar siempre para no dar nunca, prometer lo que no se ha de cumplir, fascinar al pueblo con ilusiones que ha de ver mañana desvanecidas? ¿Es esto de hombres serios?, ¿es de hombres dignos?
Las revoluciones, las verdaderas revoluciones, las trae, más que la voluntad de los hombres, el curso de los acontecimientos. Lucharon los progresistas del año 1843 al 1854 y nunca vencieron. ¿Quién vino a facilitarles el triunfo? Uno de sus capitales enemigos, el general O’Donnell. Lucharon del año 56 al 68, y siempre fueron vencidos. ¿Quién les facilitó la victoria? Topete, que había sido ministro de Narváez; Serrano, que ya el año 44 los había abandonado. Y cuenta que del 1843 al 1854 habían tenido a su frente los progresistas un general como Espartero, que había forzado el puente de Luchana y puesto fin a una guerra en los campos de Vergara, y del 56 al 58 un general como Prim, que ejercía grande influencia en el ejército por sus legendarias proezas en las costas de África.
Pueden venir acontecimientos como los del año 54 y el año 68, y para cuando lleguen bueno es que viváis apercibidos; mas es impropio de hombres hacer en todo tiempo y sazón alarde de revolucionarios». (Francisco Pi y Margall; Discurso en el XVIII aniversario de la I República, 12 de febrero de 1891)
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